Lujuria de imágenes enigmáticas, transbordantemente matizadas. Poemas musicales que hablan de razón y ensueño, impulso y suave contención. Infinitas alternancias, dialéctica sensorial profusamente elaborada...
El trayecto artístico de Juan Kancepolski es el eterno escurrirse por un sisífico laberinto de espejos. Reflejos e la imponderable inquietud de su mundo interior, que incesantemente se confronta y se manifiesta, a través de un panteón de íconos eidéticos, con la maravillosa y brutalmente absurda realidad del mundo exterior.
Producción estupendamente onírica, sutilmente formal. La perplejidad que ese mundo exterior produjo sobre su universo sensible de artista, ya en sí enriquecido por la presencia de un pensador y un daimón indomables, constituyó una obra hoy cristalizada, sólida, dotada de personalidad y esencia absolutamente propias.
Todo el universo de impactos cognocibles, propiciados por una memoria ancestral, remota, podría mani-festarse de manera desordenada, en una pura construcción artística algo fauvista. Pero en Juan Kancepolski la creación artística respeta la benéfica función de la sabia disciplina interior. Pincelada tras pincelada, descubrimiento tras descubrimiento, visión artística tras visión minimalista, cada mar de percepciones se filtra en gotas de expresión estética. Una obra constelación de enigmas.
En Juan Kancepolski no hay espacio para la inmadurez del hacer artístico, él sabe que la humanidad necesita avanzar rumbo a la expansión de su conciencia ética, si no su registro histórico permanecerá farsa. El sabe que inspiración artística sin método, sin una ratio estética, es devaneo romántico definitivamente superado. El sabe que el arte actual, habiendo conquistado su total enmancipación, puede y debe retornar, rescatar y restaurar, sin miedo de “n’être pas absolument moderne”.
Laberintos, espejamientos, infinidad de matices: ludicidad, secuencia de insights, paciencia: plegaria. Hay ciertamente una religiosidad subyacente, que es la de un alma artística que no podría contentarse apenas con el ideal del ego y sus frutos vinculados a la pretensión del éxito.
Plegaria, aquí habla de ejercicios de paciencia y de amor, ciertamente no de torpor místico, o mimetismo religioso.
Las telas de Juan Kancepolski nos invaden seductoramente con su maravilloso juego de facetas, reflejos, profusión temática - y por la sobriedad de la disciplina subyacente. Lo femenino, el eterno femenino atravesando todo, ablandando la obsesión, volatilizando la rigidez de lo mental. Lo femenino en su astuta magia, aquí en forma sonora inmanente, allí por el llamado sensual sí libidinoso, a través de un extasiantemente sabia altenancia cromática.
El artista Juan Kancepolski tiene algo de mago, malgré lui même, y sabe, por conocimiento e impul-sión, que el ideal de la genuina obra de arte es el fortificante impacto estético que retira a la conciencia común de su devalorizado estado mental, transfi-riéndolo hacia los planos superiores, y otros, más cercanos al verdadero amor, sin sentimentalismo, y a lo lúdico, sin infantilismos, y a la postura ética, sin hipocresía.
Una obra de arte que en su conjunto se afirma cada vez más, paciente y soberanamente, dejando rastros luminosos, ya sea en Brasil, en Uruguay, en Estados Unidos, en Europa o Israel, y ahora, en una magnífica exposición en suelo patrio.